VUELVA USTED MAÑANA

VUELVA USTED MAÑANA
Luis Boullosa (Madrid, 1975) es escritor, periodista y músico. Ha colaborado con medios diversos como Ruta 66, El Confidencial, eldiario.es o Fiat Lux, y dirige la revista musical Karate Press. Es autor de los ensayos culturales "El puño y la letra" (2013) y "Santos y francotiradores" (2016), ambos publicados por 66RPM Edicions, en los que analiza la relación entre literatura y música en el mundo anglosajón y español. Contacto: luisboullosam@gmail.com. Twitter: @LuisBoullosa Foto: Alberto R. Roldán.

viernes, 11 de mayo de 2018

El taller, la patria y otras preguntas sin contestar

(Escribí este texto para una revista que ahora no recuerdo por encargo de mi buen amigo Aser Álvarez, que había estrenado poco antes el fantástico documental sobre Francisco Leiro "Sísifo Confuso" y que aportó las entrevistas realizadas durante tal proceso. Hoy he encontrado el texto entre el montón de morralla digital de mi escritorio. Aquí queda. Previamente había escrito otro en la misma dirección, para Frontera D, que se puede encontrar AQUÍ)


El que pregunta se arriesga a un sinnúmero de cosas, y el conocimiento no es la más inofensiva. Se arriesga, por ejemplo, a que le contesten. Y se arriesga a que no lo hagan. Son esos, quizá, los dos problemas clásicos de quien entrevista a un artista, no los únicos. El primero, encontrarse con un discurso teórico demasiado elaborado, que el interrogado ya se ha repetido mil veces a sí mismo hasta despojarlo de sentido; un relato de los propios motivos que de puro sólido no deja pasar la luz de lo cierto. El segundo, su opuesto: encontrarse con ese creador hosco, huidizo, que ha decidido hace tiempo que prefiere callar, no por falta de reflexión sino por otras razones, y dejar que la obra hable. Sólo la obra. Leiro es un ejemplo pluscuamperfecto de este segundo obstáculo como se puede observar con pétrea nitidez en “Sísifo Confuso”, el documental en el que Aser Álvarez ha sabido retratar a escultor arosano (Cambados, 1957) en la plenitud de su trabajo.

“¿Qué puede decir de un poema el que lo ha escrito?”, se preguntaba el escritor portugués Alberto Torga: “Todo lo que tenía que decir, lo dijo en él, al hacerlo”. Y sin, embargo, paradoja, ahí está la frase escrita en sus esenciales “Diarios”, como testigo de que el mismo afrontó esa pregunta, tan de periodista. Oh, sí, los periodistas son una plaga. Es intolerable, no nos dejan trabajar. Leiro es, pues, de la estirpe de Torga (o de la estirpe de esa frase de Torga, al menos), y  muy tópicamente gallego, si se quiere: ante la pregunta directa recula y caracolea como una montura ante un rayo; se disuelve en un charco de vaguedad que hay que arañar luego con lupa para llegar a conclusiones: “¿Qué es la arte para mí? El arte, Dios mío, qué cosa más difícil, no lo sé… Para mí el arte es una cosa abierta, una cosa muy amplia, no tengo tampoco una idea muy clara de lo que quiero hacer. Para mí el arte es aquello que buscas y nunca encuentras, porque no sabes dónde está. Eso es el arte”.

La respuesta, quizá la más larga del artista en todo el metraje, abre “Sísifo”. Y bien está ahí, para dejar claro que, ante el enroque, el documental tiene que tirar por otro camino. El esfuerzo de Aser Alvarez triunfa, en consecuencia, por su elección de la imagen frente a la palabra; por una narrativa cuasi táctil que entrega lo artesanal de Leiro al espectador en todo su esplendor: el gran festín visual de la lucha por la forma. Ese necesario proceso de amputación dejó (fuera) otras palabras, claro. Palabras que observar de cerca. Agrupémoslas por temas y hagamos una paraentrevista difícil, anómala, que pueda ser la raíz de preguntas futuras. Quizá sea útil para otro periodista, si Leiro vuelve un día a bajar la Guardia. Pero no explicitaremos esas preguntas futuras, deberían ser obvias, caer por su peso, igual que la obra.

Arosa, capital Santiago. Galicia, capital Madrid.

Decía el clásico poema de Kavafis “La Ciudad”, en suma, que igual que uno desperdicia su vida en Cambados la ha desperdiciado en Santiago, Madrid o Nueva York. Cierto, quizá, cuando la mudanza obedece a una fuga. Menos cierto cuando obedece a un ansia natural de crecimiento. Una pregunta hecha de modo recurrente a los artistas (o debería de serlo) es la de la influencia del entorno en la obra, y en cierto modo, el mismo documental “Sísifo Confuso” responde a ella al situar cada una de sus partes en uno de los lugares donde el escultor, a modo de círculo, ejecuta su proceso: Cambados, Madrid y Nueva York, precisamente. Leiro, nacido en un pueblo pequeño y “deitado ao sol/a beira do mar”, dentro de una provincia periférica, pareció entender rápido lo que decía Lou Reed recordando la infancia de Andy Warhol: “cuando has nacido en un pueblo pequeño lo único que sabes es que tienes que largarte de allí”. Aunque fuese para volver. Su visión pronto estuvo en otro lugar. “Santiago é para mín moi importante, antes de que houbera outras universidades estaba Santiago”, reconoce sobre la ciudad donde trabó conocimiento con los representantes locales de los movimientos surrealistas (Méndez, Anselmo). “Os de Arousa somos Santiagueses”, resume, “eramos da provincia de Santiago, era a nosa cidade. O mestre mateo facía o papel de Bellas artes”.

Santiago se quedó naturalmente pequeño, en algún punto: “Nun principio quería ir a Barcelona, pero despisteime no camino e vin a Madrid”, comenta con esa sorna algo inocente suya: “Madrid é a capital  de Galicia”. Tras esa compleja verdad a bocajarro, Leiro esboza después dos encuentros esenciales con la riquísima diáspora cultural galaica en El Foro: “Laxeiro vivía en Madrid  e tiña tertulias no Gijón. A Celso Emilio coñecino alí a través de  un Galeguista, Sueiro, que convidoume a unha exposición colectiva no Toisón de Oro. No seu despacho había sempre alguen. Estiven tomando viños con él. Eu tiña 18 ou 19 anos. Cando o coñecín eu ía con zocos pola galería”.

Pero Madrid se queda pequeña, también: “Fun a NY fun cunha beca. A galería Marlborough xa coñecía a miña obra”. La colaboración duraría desde el 89 hasta hoy, y ayudaría sin duda a convertirlo en uno de los artistas gallegos de más renombre, concediéndole “una infraestructura que necesitaba. Se non fose así houberame costado traballo entrar en NY”.


Precocidad y estajanovismo

Las cosas han cambiado, claro. “Hoxe podería estar traballando en calquera sitio”, reconoce, “non é necesario facelo nunha cidade como antes”. Una suerte doble –la del éxito y la del cambio de los tiempos- que le ha permitido tener sede en cambados, Madrid y NY sin dejar de considerar que su patria es el taller: “Vivo no taller”. Una declaración que refleja la ética proletaria simple que unifica sus distintos procesos: “un día normal meu é coma o de calquer traballador, Horario laboral regular. ¿Que diferencia hai entre un traballador e un artista?”.

A ese planteamiento estajanovista hay que unir una visión precoz de los propios deseos. “Eu xa fun a Santiago querendo ser escultor”, dice, reconociendo que el poso y la curiosidad iniciales  los adquirió a borde de mar: “Cambados é un pobo histórico, Valle Inclan, Cabanillas, Asorey que era amigo do irmán dun tío... Tamén na casa había ambente artístico…”. Todo daría frutos pronto: “No ano 75 fixen a 1ª exposición en Cambados e outra en Pontevedra. Estábame formando e xa facía exposicións”. De esa época data ya la relación de trabajo a caballo entre ciudades de la que hablábamos: “En Madrid remato o traballo que empezó en Cambados, onde xa teño feito a fase mais complicada. En Cambados traballo con axudantes, en Madrid, en solitario. En NY boto tempadas de un ou dous meses, desconecto do traballo de España. Alí teño mais concentración”.

Dibujo y reflexión, elementos externos.

En todo ese tráfago de creación, montaje de exposiciones, viajes, concentración y mutismo fructífero, el documental de Álvarez logra fijar con claridad entre otros un elemento que un ojo menos atento hubiesen dejado pasar: el dibujo. Una disciplina que le sirve a Leiro de manera doble. Pragmáticamente, para decidir el montaje estratégico de sus exposiciones de gran formato, estructuradas en cierto modo para facilitar un peregrinaje (piensa el periodista, pasándose de listo): “fago debuxos. Para a exposición “Purgatorio” calculei as esculturas para o tamaño da galería. Todos os espazos son limitados aunque o astral é infinito. A Galería Marlborouguh é o mellor espacio comercial de Madrid. Pero ten as medidas que ten”. En su segunda vertiente, el dibujo es un proceso automático de destilado heredado del surrealismo: “o debuxo é como un diario. Debuxo todolos días como un exercicio, cando atopas algo que gusta, que che sale, estupendo. E debuxo automático”. ¿Es el dibujo un modo de reflexionar?

“A min cando me entrevistan nunca sei que dicir porque para min a arte é unha cousa moi ampla, unha cousa aberta. Tampouco teño unha idea moi clara do que quero facer”, argumenta Leiro. “Pero se non reflexiono sobre o que fago sería unha merda, o que pasa e que non me gusta teorizar, non teño tempo, porque me preguntan as mismas cousas que xa me preguntou a de onte”.

Véase que aquí la clave no está ya en esa vaguedad “abierta” de la concepción artística, sino en el reconocimiento de que sin la reflexión, la obra no existe. Es sólo que no se nos quiere dar la reflexión, sino la obra. Es sólo que el making off es un invento moderno y Leiro trabaja según patrones clásicos.

Valle y Dickinson: el poema

Es Leiro un escultor, igual que el documental que lo retrata, prodigioso, pero al contrario que este, poco modesto. Hay algo en él de la soberbia de los tímidos. Lo afirmo como un halago. Algo que dice “No estoy aquí para que me hagan perder el tiempo, porque tengo cosas más importantes que hacer”. Ese considerar que la obra es de importancia extrema, acaso lo único importante que existe, esa necesaria vanidad del que crea, crea la silueta de aquello que tenga de grande y se transluce con claridad en su obra. Está la nobleza de lo cercano, sin duda, pero lo cercano ha sido elegido entre lo noble, lo primigenio, lo esencial: la vastedad y bastedad de la piedra y la madera. Está lo igualmente cercano de los temas, pero también sus evidentes resonancias míticas y su escenografía, nunca mejor dicho, “con peso”. Claro que… ¿hay algo más cercano que el mito (se pregunta el periodista, pasándose de listo de nuevo).

Inevitablemente -permítanme que cierre con una frivolité con sentido-, como he sido criado en el Rock&Roll y no en la escultura, ante Leiro siempre se me viene a la cabeza otro creador al que probablemente él no conoce (quizá se hayan cruzado en una pescadería de NY, sin saberse hermanos secretos): J Macis. Al líder de la banda de rock Dinosaur Jr lo aqueja esa misma timidez desdeñosa, ese mismo carácter estajanovista y obsesivo y un similar talento para trabajar sobre bloques de materia en bruto: aunque en su caso sea el ruido, y no la piedra, la diferencia es idealmente mínima. Además, igual que Leiro, el americano viene de pueblo pequeño con artistas grandes (Valle, digamos, en Cambados, Emily Dickinson, pongamos, en Amherst, Massachussets). Dice el gallego que siempre le gustó en la escultura “o aire de desmaio, como si estivera xiada, como unha fotografía”. Y en eso también coinciden.
En el silencio hacia el exterior y en el desbastado de la materia teóricamente indomable hasta esa polaroid, son el mismo hombre: el que se acerca esforzadamente hasta conseguir ese momento detenido que acerca las artes menos místicas a la fluidez estática del poema.
 

miércoles, 28 de junio de 2017

BROKE LORD - "Death of a Flower"


Nuestro amigo BL, el heterónimo que devoró a sus hermanos en el vientre materno, acaba de publicar un bonito artefacto musical de nombre "Death of a Flower". editan a medias Discos Belamarh y Gog Artifacts Pueden adquirirlo AQUÍ. Recomendado para estancias en el rural hillbilly, meditaciones contrazen y procesos de desenganche, reconstrucción y venganza servida en frío. Gracias.

domingo, 2 de octubre de 2016

SANTOS Y FRANCOTIRADORES (ya a la venta en sus cuevas favoritas)



Radio Nadie informa: mi nuevo libro "Santos y francotiradores (Supervivencia, literatura y Rock&Roll)" ya está por ahí dando vueltas, editado por 66RPM Edicions y localizable tanto en librerías generalistas como en grandes superficies o guaridas especializadas. Si alguien desea una inmersión en la mente creadora de algunos de nuestros músicos más lúcidos, conocidos y desconocidos, es bienvenido a sus 400 páginas de desbarre, ensayo, contraensayo y periodismo navajero. Me llevó dos años. Principalmente porque había que ordenar el productivo caos de veinte o treinta entrevistas de largo recorrido con gente de fuste como Fernando Alfaro, Rafael Berrio, Javier Colis, Josele Santiago, Mursego, Alberto Acinas, Marco Serrato (Orthodox, etc), Xavier Castroviejo (Blooming Látigo, etc), Sonia Barba, Pablo Cobollo, Dorian Vian, Emilio Cascajosa, Xosé Lois García, Juan fernández Navazas, David Bizarro, Jaime Gonzalo o Esteban Hernández. Valió, y mucho, la pena, y aunque al finalizar un libro a uno siempre se le aparece, cada noche, el fantasma de las Navidades desperdiciadas, el espectro de lo que pudo ser y no fue, lo cierto es que el resultado no se asemeja a nada que se haya publicado nunca en este país. Para bien y para mal, suponemos. Bienvenidos a la espartana casa del misterio, donde los psicópatas informan de la otra vida en tiempo irreal. Salud.

miércoles, 10 de agosto de 2016

33 propuestas...


Revisando el trabajo hecho (y por hacer) en Karate Press y confirmando lo evidente: nunca hubo tanta música alucinante en este país como... HOY. (sigan el link, motherfuckers)

sábado, 6 de agosto de 2016

LA ESTRATEGIA DEL DOMINGUERO: AMBICIÓN Y TERRITORIO


Está ese momento, al terminar un libro, en el que te asalta la certeza de que has dejado fuera lo más importante. De que las pocas conclusiones radicales que hubieras podido obtener se han quedado por ahí, hechas girones en los márgenes, apuntadas en cuaderno por el que no volviste a pasar, amputadas como escoria cuando eran médula central. Quizá por equivocación. Quizá por piedad hacia uno mismo y los demás. “Tampoco hay para tanto”, te dices luego, escudándote en cuatrocientas páginas de paja que arde y cuyo humo blancuzco difumina el paisaje. El humo intoxicante de la broza. “Tampoco hay para tanto”. Y entonces recopilas esas ideas que precisamente por no haberse usado, se salvaron del fuego, y las miras con sospecha. Y luego vuelves sobre ellas.

He gastado parte de mi vida, y una parte sustancial de mis últimos años, en hablar de artistas (músicos, casi siempre) que pueden ser calificados de “underground”, de subterráneos, de poco conocidos por accidente o ceguera general. Tal condición, la de subterráneos, era en la mayor parte de los casos sobrevenida, no vocacional. Conozco sin duda gente que voluntariamente se encierra en un agujero en medio de la estepa, se cubre con un plástico y asegura que allí se está mejor que en ninguna parte, pero sé que la mayor parte de nosotros queremos nuestra tajada de reconocimiento (con el dinero y la adulación también, sí, ¿qué es el reconocimiento, si no?). Y estoy seguro, porque he experimentado el momento, de que quien toca para cinco preferiría a cien, sudorosos y bailando, petando el garito y convirtiéndolo en una caldera; y de que quien toca para esos cien estaría conforme en que fueran mil y salir luego por atrás en una furgo negra, diciéndole al manager: “dale un cigarro al anarquista”. Las cosas como son.

Pero es que las cosas, simplemente, no son. Y lo cierto es que, quieran lo que quieran esos artistas míos –queridos, imprescindibles como el pan- la mayor parte de ellos se mueven en el misérrimo ambiente de los garitillos y las chozas, en ese comunal y voluntarioso esfuerzo de los apasionados que a menudo se disuelve rápido en su propia salsa snob. Así que no es que yo quiera hablar necesariamente de entes que sobreviven bajo tierra, fuera del radar, en condiciones a menudo insalubres, sino al revés: quiero hablar de determinados entes que aportan talento y luz, y sucede que habitan, en gran parte, allí.

Algunos son capaces, con trabajo pero por circunstancias también sobrevenidas, de sacar el hocico a la superficie durante tiempos más o menos largos. Pero casi nunca tardan en retornar del espejismo a la gruta de la indiferencia. No es mal sitio, en realidad, para ejercer un trabajo a la contra, porque mientras no mueres, mantienes la furia –donde hay discordia y opresión hay furia o, como decía Bob Marley, “a hungry mob is an angry mob”-.  Pero es muy mal sitio para establecer una vida cotidiana que todos necesitamos. Los spaguettis, el papel higiénico, la factura de la luz, el café, el gato, el tiempo para leer a Ciorán, esas cosas básicas de la infraburguesía submarina.

Sin embargo, llevo un tiempo pensando también que como colectivo, los creadores deberíamos empezar a dejar de confundir la crítica con la queja. A tomar la primera y convertirla, primero, en autocrítica. Una autocrítica que no ataña sólo a la obra (esa, mal que bien, la ejercemos), sino que abarque el conjunto de la carrera e incluso de la vida. Una que analice nuestra capacidad para la gestión y para el negocio, nuestra ambición y nuestra capacidad de sacrificio real. De sacrificio, no de inmolación. Las inmolaciones, gratuitas, nos dejan buen sabor de boca porque reafirman un malditismo heroico en el que sólo nosotros, pobres patanes, creemos ya. Los sacrificios no, los sacrificios son a cambio de algo. Y si no obtenemos ese algo, devienen en simple resbalón. Pisas mal, te abres la cabeza, eso es todo. Sonríe, imbecil.

Así, es mi impresión que las dos carencias esenciales de la música realmente independiente no vienen de los sospechosos habituales en los que nos escudamos: ni de la prensa (sicaria, pero a menudo relativamente competente, y al cabo maleable si se la trata con inteligencia), ni de la industria y sus tejemanejes eternos, ni de la cueva de ladrones que gestiona los derechos de los pocos que los tienen, ni de ese cambio de paradigma tecnológico que acaeció hace ya al menos tres lustros y al que nunca hemos sabido adaptarnos, como si en lugar de hombres del siglo XXI fuéramos la abuelita Paz. Es decir, no vienen de fuera de la gruta en que vivimos, porque ni siquiera hemos conseguido salir de ella aún, o no hemos querido. Vienen, muy al contrario, de dentro de esa gruta. Vienen de la inexistencia de público, es decir de nuestra incapacidad para ampliar esa espacio y conseguir nuevos vecinos de tribu. Y vienen de la desidia congénita de las propias bandas y de su negativa a trabajar de verdad, es decir, de nuestra vagancia, justificada o no (podría ser una virtud, ¿quién lo duda?).

Todos hemos ido a ver alguna vez a ese grupo americano joven y prometedor que pasa por primera vez por la ciudad. Y todos hemos vuelto a menudo con una sonrisa a medias. “Estaban bien, pero les faltaba algo aún, no sé. Eso también lo hago yo”. Y todos hemos vuelto a verlos el año siguiente y hemos salido aplanados por la apisonadora, con cara de gilipollas. “Coño, eso no lo hago yo. ¿Qué ha pasado?”. Ha pasado que esos tipos han hecho en un año más conciertos que tú en diez, o quizá en toda tu vida. Y son exactamente como tú, gente normal. Han ensayado como psicópatas, han cogido todos y cada uno de los bolos que se le ponían a tiro, han salido de su pueblo primero, luego de su estado y finalmente de su país, han grabado, han promocionado y se han comido el trozo de mundo que se les ofrecía con voracidad. Y en ningún momento les ha parecido que estuvieran haciendo algo extraño. Era lo lógico: tocar, girar, conocer, explorar, viajar, vivir.

Sin duda hay bandas en este país que hacen lo mismo, pero en porcentaje, son poquísimas. Las explicaciones que los músicos te darán para no coger carretera, para no sacrificarse, para no entregarse al 200 por cien, son tan variadas como quieras, e irán desde las mascotas hasta el cocido de los sábados o ese curro de mierda esclavista que al parecer consideran una suerte. Somos una cultura, es cierto, católica, familiar y carente de una ética del trabajo dominante, esa es otra buena razón, muy cierta, para no mover el culo. El caso es que todas y cada una de esas excusas son válidas si uno quiere tener una banda de domingueros. Yo no tengo nada contra las bandas de domingueros, con una sola condición: que no me vengan después a hacerse los artistas frustrados y a contar que la culpa es de que está todo muy jodido y del sistema opresor. No, la culpa es tuya, cabrón. Ten al menos la decencia de ser un dominguero de verdad, sé feliz con ello, asúmelo, decláralo. Di: "no busco nada, no quiero nada, toco como quien juega al parchís y no muevo un dedo de más porque lo primero es mi comodidad". Y estemos en paz. Y, por favor, no envidies malsanamente a esa banda joven (o no), con ganas, que lo da todo, que pilla furgo y sale a rular y que además de dar cera de la buena y tener canciones, pongamos, consigue buenas críticas. ¿Te zumba la mosca detrás de la oreja? ¿Se te llevan los demonios? ¿Te duele ahora leer tu colección de biografías de Hank Williams? Jódete. Haberlo hecho tú.

Y luego está el tema del público: no hay público. Parecería que ahí le estoy dando la razón a los quejosos de los que hablo. No es así. Efectivamente, si empezamos a eliminar (desde “dentro”) a los coleccionistas en pantuflas que están en su casa recibiendo por correo cajas deluxe de bandas oscuras de hace treinta años, a los festivaleros de turno que se tragan una rueda de molino droneada y dicen que es crema, a los que siempre están pero nunca aparecen, a los que aparecen pero sólo por no quedar mal, a los amantes de las bandas de versiones, a los siervos de su propia nostalgia y a la enorme masa que no es capaz de distinguir entre Bumbury y Bob Dylan, el público objetivo para una banda subterránea es realmente reducido en España. Aquí hace tiempo que el Rock&Roll “general”, con la colaboración de los músicos, ha pasado de fuerza motriz a aditamento para bautizos, despedidas de soltero, carnavales y otras patochadas institucionales. Pero es que España no es el territorio. No creo que nadie de Tucson (Arizona) haya pensado: “vaya, sólo hay veinte interesados en mi música en Tucson, no hay solución”.  Quitando ya a los dignos señores que lo que desean es dar un bolo cada tres meses para los coleguis, para una banda de verdad de aquí, el territorio natural debería ser, al menos, Europa. Pero claro, para eso primero hay que salir de la provincia y que esa excursión no te parezca la conquista de Mexico.

Decía Fernando Alfaro en ese libro que acabo de escribir que a menudo, aunque parezca materialista, tu evolución como músico depende de los instrumentos que vas teniendo. A menudo, también, los “instrumentos” que vas teniendo son la medida de tu voluntad de evolución. Le decía a alguien el otro día que la entidad material que define a cualquier banda seria es la furgoneta: sin una furgo propia, en el fondo, no hay banda. Mi grupo, por ejemplo, no tiene una furgo (tampoco la mayoría de los que conozco en mi entorno), así pues, nunca será un grupo de verdad. Será un divertimento, una bagatela, un ejercicio de estilo, un coleccionismo como el del viejo que monta maquetas de barcos y nunca ha estado en el mar, o un juguetito, como el del niño que en la mañana de Reyes esgrime su espada de palo y finge un rato que es Atila. Sólo que el niño tiene 30 o 40 años. Una pachanga, en definitiva, con sus momentos gloriosos, quizá, y divertidos, quien lo duda, y con sus canciones cojonudas. Pero no más que una pachanga, muy lejos de su potencial real. O muy lejos, al menos, de comprobar si ese potencial existía o no. Por lo menos, algo es algo, no vamos de incomprendidos y nos limitamos a ser ignorados en paz, como merecemos.

¿Quién tiene razón en todo esto, al final? ¿El amateur inevitable o el idiota que quiere ir más allá? Creo que ambos tienen su razón y que el problema es la existencia de una trenza que quizá no debiera existir. Mezclados, la cosa termina siempre en un quiero y no puedo convulso que hace que las bandas, incluso las más prometedoras, no duren. Ambos, en todo caso, son profetas amateur. Uno profetiza que ir más allá de lo lúdico sería una molestia y un desastre. El otro que existe luz al final del túnel, y que allí hay un mundo mejor. Probablemente, para cerrar toda esta cadena de paradojas, ambos se equivoquen. Y sin embargo, tengo que estar con el segundo, con el idiota. Porque, en este momento de mi vida, yo soy el idiota. También fui el otro, más de una vez.

Por otro lado –se me ocurre mientras escribo esto- siempre he pensado que la multiplicación del trabajo es muy bonita si quieres pensar que eres John Zorn, pero que, básicamente, tocar la batería (por ejemplo) en cinco bandas es condenar a las cinco a la nada. Soy más de grupo eterno; de ese nucleo parafamiliar que pervive, crece, enraíza, resiste y 50 años después sigue ahí, dando guerra, más violento que nunca. Siempre quise que una banda fuese una familia alternativa, creía sinceramente que esa era su esencia. Lo conseguí alguna vez, creo, pero no preví lo obvio: que las familias reales distan siempre mucho de las ideales, para bien y para mal.

En el fondo, todo se reduce a mi incapacidad para divertirme si no me tomo las cosas en serio. Otros funcionan exactamente al revés, es la seriedad lo que los aburre y los frustra.

Por supuesto no es solamente en el mundo de las pequeñas bandas de bareto donde se da la queja gratuita de modo sistemático. El pequeño comercio español es otro buen ejemplo de una jauría de incapaces parapetados en un discurso anticapitalista que les viene al pelo. Pero esa es otra historia.

Mientras escribo esto me llama mi editor por teléfono y me dice, amigablemente, que le he engañado como a un chino con mi nuevo libro, porque aunque arranco hablando de algunos letristas más o menos conocidos enseguida derivo hacia esa gente oculta que tanto me gusta. No engaño a nadie, en realidad: me limito a hablar de lo que veo e intento otear más allá de los sucesivos velos de las publis, los festivales y las prensas. Eso es todo. O quizá, sí. Quizá me engaño a mí mismo: ese libro no deja de ser una loa al espíritu de resistencia de los músicos españoles más afilados y menos conocidos, pero no sé si ellos se están haciendo justicia a sí mismos. Según corrijo pruebas me llegan noticias de que bandas, discográficas e incluso bares de los que hablo allí, deciden capitular y echar el cierre. El frente que defiendo se me deshace entre las manos.

Ambición, trabajo y territorio, ¿a quién le importan? Debe haber cosas más hermosas por ahí, me digo, cosas que yo no entiendo bien aún. Y será mejor callarse. Así pues, he amputado estas consideraciones del citado libro, casi por completo, para no agriarme a mí mismo una copa que tendré que beber demasiadas veces a partir de hoy.


jueves, 4 de agosto de 2016

APUNTES EN UNA TASCA PORTUGUESA (y Torga otra vez)

  
Podemos entender la vida como una sístole y una diástole, me digo. Una y una. La sístole es un proceso de posesión y apropiación del mundo, sus cosas y sus símbolos. La diástole, que necesita un momento de luz que la desencadene, es, por el contrario, un proceso de necesaria y voluntaria desposesión (contra la resistencia, a veces enconada, del viejo yo, en un extraño choque de mareas). 

No conozco ningún sabio –según esa imagen algo clásica del sabio apartado del mundo- que siga predicando la posesión al final de sus días. Sin embargo hay sabios más mundanos, a los que quizá deberíamos llamar hombres sensatos integrados, y estos a menudo nunca han entrado en el proceso de diástole, o lo han tomado, qué remedio, al final de sus días, como una mera abdicación que hay que programar con testamentos y otras lacras.

Se me ocurre todo esto mientras en la tasca de mi pueblo portugués, rodeado de parroquianos, tomo el menú diario de sopa y macarrones con carne y, ya con el café, releo los diarios de Torga, ese médico de origen campesino, que siempre vivió en la tensión entre ambos polos, en la tierra de nadie, larga, que queda entre los citados parroquianos, entregados a su rueda eterna de trabajos y soles, y el “arte” con supuestas mayúsculas. “En días como este (y también en los otros)”, escribió él en sus “Diarios” de 1942, “lo que me apetecía era acabar de una vez por todas con la literatura, y marcharme a S. Martinho a cavar. Pero después empiezo a pensar que seguramente, en medio de la labor, mi destino de poeta me haría levantar los ojos del sembrado, contemplar el cielo o mi propia alma y escribir a continuación un poema en la pala de la azada”.

En todo caso, la sabiduría del campesino se enfoca hacia la permanencia de la especie, al mañana. Parte de la seguridad de la muerte, que conoce mejor que nadie, pero también de la esperanza, algo infantil, o animal, enunciada un poco por lo bajo, de una supervivencia del hombre. Los campesinos tienen a menudo un punto trágico y metafísico no aparente para el ojo turístico, y responden a él con una solución standard que lleva siglos valiéndoles: en lo personal, se resignan a la desaparición, pero luchan por una especie en la que delegan su identidad, consignada en la familia como núcleo de conocimiento y en las posesiones como base de supervivencia.

El pensador, más a menudo (de todo hay), se enfoca a lo eterno: para él todo es nada. Y eso provoca un problema de protocolo. Gran parte de su proceso consiste en una adecuación a esa nada, en vestirse adecuadamente para esa fiesta. Hay un algo inevitablemente estético -acaso ritual, pues toda estética lo es en parte- en el nihilismo lúcido y estéril. Ante la imposibilidad mental de delegar como hace el campesino, la vida se resume en el gesto –tentativamente espléndido- de vestirse adecuadamente para la ejecución y acudir después a ella sin darle demasiada importancia.

Así pues, en la tasca, mientras todos comemos los macarrones con carne, y aunque ellos gruñan el blues de la supervivencia inconsciente y yo el de las fiestas de ceniza, de algún modo somos hermanos. Nos une una misma preocupación, que no nos impide tomar el café con gusto, gracias a Dios, en el que ninguno de nosotros creemos.